Vuelve la primavera, con su aire tibio y su luz,
es el mundo un mar de flor
pero queda en mi corazón un lugar
en el que nada florece.
martes 24 de noviembre de 2009
lunes 23 de noviembre de 2009
sábado 21 de noviembre de 2009
lunes 16 de noviembre de 2009
ciclo de títeres vaivén* jueves cierre!
este JUEVES 19* 21 HS*
BOLIVIA 1067- LA PALMERA*
adultos
*Popurri//Proyecto de cortos y animaciones/
*
Pablo del Valle// “Xilodrama”, tragedia tumbera para un actor, objetos y sombras.
*Gaspar Om con Pinche Tirano//Música y videos.
*
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Presentaciones
sábado 14 de noviembre de 2009
domingo 8 de noviembre de 2009
AQUELLOS LINDOS OJOS PARDOS
para Ana
*
Mónica entra al salón precediendo a su grupo, conoce de memoria la mesa que reservó para sus compañeras de trabajo. Cada septiembre, las empleadas de administración de la clínica de estética donde ella trabaja desde hace seis años, se guardan una noche para la salida.
Entre ellas juegan a no recordar cómo se fue instalando esa costumbre; lo que es, de alguna forma, una manera de justificar el ritual. Pero Mónica sí se acuerda, aunque por pudor prefiere simular.
Cómo olvidarse. Corría el 2003, año que Moni, como le gusta que le digan ya en confianza, entró a la clínica. Esa salida no la había organizado ella sino una compañera a la que hacía tiempo le habían perdido el rastro, después de un ajuste de personal.
Aquella vez, fueron a ver el show de strippers para festejar el divorcio de Aidé, que con cincuenta y siete años se animaba a volver a empezar, como les confesó entre risas nerviosas mientras se ponía de pie para subir al escenario.
De aquella primera noche, Mónica no recuerda muchas cosas, pero sí algo fundamental que se había instalado en ella de coreografía a coreografía, entre cortina musical y paso de baile. Ella sabía que no era una mujer fácil, y se reconocía a sí misma como romántica y quizá algo chapada a la antigua. Muchas veces había imaginado cómo sería eso, desde lo de las mariposas en la panza, hasta lo de la petite mort.
Y esa noche, seis años atrás, Mónica confirmó lo que siempre había sospechado: lo suyo iba a ser amor a primera vista. Porque algo sintió en el estómago que la hizo estremecerse, algo que no era producto de las dos margaritas de frutilla que se había apresurado a tomar. No. Aquello tenía que ser amor.
Esos ojos que se meneaban desde el escenario directo para ella, que se contoneaban, que gritaban su nombre enfurecidos, le terminaron por decir, después de bajar la vista y hacer dos veces el ejercicio de respiración abdominal y ventral, que la amaban.
Mónica sintió que necesitaba una tercera ronda de tragos, pero las bebidas de sus amigas todavía estaban impolutas. Entonces, con una fuerza de voluntad casi sobrehumana, ella empinó su copa y vació el resto de hielo dentro de la boca, sin dejar de pedirle a Dios que las chicas no notaran que había ruborizando.
Encima, por si no hubiera tenido suficiente, él la miraba con esa intensidad que tenían sus ojos pardos. Todo, mientras bailaba, porque aunque no lo estuviera viendo sabía que él bailaba para ella.
Pero eso había ocurrido hacía seis años, y esta noche pasó a ser el séptimo encuentro para ellos. Porque aunque nunca lo hubieran dicho, ya algo había entre los dos. Yo no necesito palabras, ya sé lo que me dicen sus ojos, se decía Moni para sí, cada una de las veces que volvía a su casa con la postal con la imagen de Juan Cruz, o JC, pronunciado en inglés, como lo llamaba el presentador. Había sido una noche de coraje, cuando Mónica antes de irse y casi al descuido, le logró preguntar a uno de los mozos, cómo se llamaba JC.
Y a ella la combinación de Juan y Cruz le pareció que concentraba la más perfecta armonía. Esa noche, después de darle un beso suave a la imagen, decidió que ya era hora de inaugurar portarretratos.
Vas a ver qué lindos ojos tiene, le dice ahora Mónica a la compañera que esta noche está sentada al lado de ella en la mesa, frente al escenario. Pero Teresa que es más bien de otro estilo, le responde: ¿cómo le viste los ojos... con lo que tiene?
Y Mónica piensa algo ofendida que Juan Cruz no es sólo un cuerpo bonito, que tenga que trabajar ahí, exhibiéndose ante la mirada lasciva de una cantidad de mujeres que lo desean, que baile y las invite para que lo disfruten - nunca ella, claro, eso es un código secreto entre los dos-, es algo que Moni es capaz de asegurar que se debe sólo a una cuestión monetaria. Tiene que alimentar a sus hermanos y cuidar de su madre, le gustaría jurarse. Se le nota el buen color de aura.
Entonces Mónica prefiere hacer, lo que se dice, oídos sordos a la frase de Teresa: la adivina completamente fuera de lugar. Al fin de cuentas no están hablando de otro que de su enamorado. Porque aunque ella no tenga mucha experiencia en el asunto, no es que no haya tenido candidatos, sino que con ninguno pasó a mayores, Mónica sabe que eso es amor y lo va a seguir esperando. Ya será el día que se produzca el encuentro con su media naranja.
Entre ellas juegan a no recordar cómo se fue instalando esa costumbre; lo que es, de alguna forma, una manera de justificar el ritual. Pero Mónica sí se acuerda, aunque por pudor prefiere simular.
Cómo olvidarse. Corría el 2003, año que Moni, como le gusta que le digan ya en confianza, entró a la clínica. Esa salida no la había organizado ella sino una compañera a la que hacía tiempo le habían perdido el rastro, después de un ajuste de personal.
Aquella vez, fueron a ver el show de strippers para festejar el divorcio de Aidé, que con cincuenta y siete años se animaba a volver a empezar, como les confesó entre risas nerviosas mientras se ponía de pie para subir al escenario.
De aquella primera noche, Mónica no recuerda muchas cosas, pero sí algo fundamental que se había instalado en ella de coreografía a coreografía, entre cortina musical y paso de baile. Ella sabía que no era una mujer fácil, y se reconocía a sí misma como romántica y quizá algo chapada a la antigua. Muchas veces había imaginado cómo sería eso, desde lo de las mariposas en la panza, hasta lo de la petite mort.
Y esa noche, seis años atrás, Mónica confirmó lo que siempre había sospechado: lo suyo iba a ser amor a primera vista. Porque algo sintió en el estómago que la hizo estremecerse, algo que no era producto de las dos margaritas de frutilla que se había apresurado a tomar. No. Aquello tenía que ser amor.
Esos ojos que se meneaban desde el escenario directo para ella, que se contoneaban, que gritaban su nombre enfurecidos, le terminaron por decir, después de bajar la vista y hacer dos veces el ejercicio de respiración abdominal y ventral, que la amaban.
Mónica sintió que necesitaba una tercera ronda de tragos, pero las bebidas de sus amigas todavía estaban impolutas. Entonces, con una fuerza de voluntad casi sobrehumana, ella empinó su copa y vació el resto de hielo dentro de la boca, sin dejar de pedirle a Dios que las chicas no notaran que había ruborizando.
Encima, por si no hubiera tenido suficiente, él la miraba con esa intensidad que tenían sus ojos pardos. Todo, mientras bailaba, porque aunque no lo estuviera viendo sabía que él bailaba para ella.
Pero eso había ocurrido hacía seis años, y esta noche pasó a ser el séptimo encuentro para ellos. Porque aunque nunca lo hubieran dicho, ya algo había entre los dos. Yo no necesito palabras, ya sé lo que me dicen sus ojos, se decía Moni para sí, cada una de las veces que volvía a su casa con la postal con la imagen de Juan Cruz, o JC, pronunciado en inglés, como lo llamaba el presentador. Había sido una noche de coraje, cuando Mónica antes de irse y casi al descuido, le logró preguntar a uno de los mozos, cómo se llamaba JC.
Y a ella la combinación de Juan y Cruz le pareció que concentraba la más perfecta armonía. Esa noche, después de darle un beso suave a la imagen, decidió que ya era hora de inaugurar portarretratos.
Vas a ver qué lindos ojos tiene, le dice ahora Mónica a la compañera que esta noche está sentada al lado de ella en la mesa, frente al escenario. Pero Teresa que es más bien de otro estilo, le responde: ¿cómo le viste los ojos... con lo que tiene?
Y Mónica piensa algo ofendida que Juan Cruz no es sólo un cuerpo bonito, que tenga que trabajar ahí, exhibiéndose ante la mirada lasciva de una cantidad de mujeres que lo desean, que baile y las invite para que lo disfruten - nunca ella, claro, eso es un código secreto entre los dos-, es algo que Moni es capaz de asegurar que se debe sólo a una cuestión monetaria. Tiene que alimentar a sus hermanos y cuidar de su madre, le gustaría jurarse. Se le nota el buen color de aura.
Entonces Mónica prefiere hacer, lo que se dice, oídos sordos a la frase de Teresa: la adivina completamente fuera de lugar. Al fin de cuentas no están hablando de otro que de su enamorado. Porque aunque ella no tenga mucha experiencia en el asunto, no es que no haya tenido candidatos, sino que con ninguno pasó a mayores, Mónica sabe que eso es amor y lo va a seguir esperando. Ya será el día que se produzca el encuentro con su media naranja.
Y el día va a llegar, sólo unas semanas después de esa noche, cuando sienta que se muere al reconocer la espalda de JC. Porque eso fue lo primero que le vio, la espalda y la nuca, el pelo corto, casi rapado.
Es él, es él. Y ella respira otra vez: abdominal y ventral.
Esto no puede ser verdad, piensa en el mismo momento que Juan Cruz gira poniéndose de costado.
Y sí, es él, si hasta la señora que tiene adelante en la fila también lo observa.
Es imposible dejar de mirarlo, y otra vez a respirar.
Tantos años con sus noches: del escenario al portarretratos de la mesa de luz, y ahora casi por acto de magia y yo con este pelo. Dios te cumple los milagros, el problema es que una no sabe cuándo.
Él está ahí, como si nada, levantando el brazo para llamar al colectivo… El mismo colectivo. Y Mónica, cuando logra recuperarse, le sonríe a su ángel de la guardia interior que tantas lágrimas la tuvo que consolar.
¿Me reconocerá… toda despeinada?, piensa ella y vuelve a sentir un calor insoportable. Es que ya son las siente, entre la llovizna de la mañana, y todo el día de trabajo.
Y se dice: Hace frío, Mónica, se lo dice a sí misma para recatarse, el noticiero dijo ocho grados… Y yo con este pelo. Entonces mejor levantarse el cuello del tapado y acomodar la chalina, para que no se note tanto.
Cuando el colectivo se detiene, JC se hace a un lado para dejarla pasar, primero a la otra mujer y después a ella, y Mónica se siente desfallecer por ese gesto galante.
Juan Cruz le sonríe a una mujer, a Mónica, que se ríe nerviosa y no logra apoyar el pie en el escalón.
¿Necesita ayuda, Señora?
Y ella piensa si me toca me muero, y con una fuerza renovada por los rayos del amor logra terminar de subir. No hace falta, gracias.
Ya está poniendo las monedas dentro de la máquina cuando escucha la voz de Juan Cruz preguntar ¿este me lleva para Retiro?, y el chofer que no le miente y le dice no, flaco, tomate el ramal 2.
El colectivero pone en marcha el motor y Mónica descubre que la vida se define en segundos. Se siente arrancar del suelo, quiere aferrarse a los árboles, sacar los brazos por la ventanilla, clavar sus uñas en la tierra, pero es como si la extirparan del país, le desgarraran el continente, la descuartizaran y en ese acto la desmembraran del planeta, de la galaxia. Siente las estrellas girar, oye la explosión del Big Bang de los astros del amor y sabe, por un instante sabe, que acaba de perder el universo cuando vio alejarse aquellos lindos ojos pardos.
Esto no puede ser verdad, piensa en el mismo momento que Juan Cruz gira poniéndose de costado.
Y sí, es él, si hasta la señora que tiene adelante en la fila también lo observa.
Es imposible dejar de mirarlo, y otra vez a respirar.
Tantos años con sus noches: del escenario al portarretratos de la mesa de luz, y ahora casi por acto de magia y yo con este pelo. Dios te cumple los milagros, el problema es que una no sabe cuándo.
Él está ahí, como si nada, levantando el brazo para llamar al colectivo… El mismo colectivo. Y Mónica, cuando logra recuperarse, le sonríe a su ángel de la guardia interior que tantas lágrimas la tuvo que consolar.
¿Me reconocerá… toda despeinada?, piensa ella y vuelve a sentir un calor insoportable. Es que ya son las siente, entre la llovizna de la mañana, y todo el día de trabajo.
Y se dice: Hace frío, Mónica, se lo dice a sí misma para recatarse, el noticiero dijo ocho grados… Y yo con este pelo. Entonces mejor levantarse el cuello del tapado y acomodar la chalina, para que no se note tanto.
Cuando el colectivo se detiene, JC se hace a un lado para dejarla pasar, primero a la otra mujer y después a ella, y Mónica se siente desfallecer por ese gesto galante.
Juan Cruz le sonríe a una mujer, a Mónica, que se ríe nerviosa y no logra apoyar el pie en el escalón.
¿Necesita ayuda, Señora?
Y ella piensa si me toca me muero, y con una fuerza renovada por los rayos del amor logra terminar de subir. No hace falta, gracias.
Ya está poniendo las monedas dentro de la máquina cuando escucha la voz de Juan Cruz preguntar ¿este me lleva para Retiro?, y el chofer que no le miente y le dice no, flaco, tomate el ramal 2.
El colectivero pone en marcha el motor y Mónica descubre que la vida se define en segundos. Se siente arrancar del suelo, quiere aferrarse a los árboles, sacar los brazos por la ventanilla, clavar sus uñas en la tierra, pero es como si la extirparan del país, le desgarraran el continente, la descuartizaran y en ese acto la desmembraran del planeta, de la galaxia. Siente las estrellas girar, oye la explosión del Big Bang de los astros del amor y sabe, por un instante sabe, que acaba de perder el universo cuando vio alejarse aquellos lindos ojos pardos.
SEMMELWEIS

Más aún que nosotros, los niños tienen una vida superficial y una vida profunda. Su vida superficial es muy simple, se resuelve en unas cuantas disciplinas, pero la vida profunda de cualquier niño es la difícil armonía de un mundo que se crea.
...Céline
viernes 6 de noviembre de 2009
diálogo de ALICIA
***
-¿Ya has resuelto el acertijo?- preguntó el Sombrerero, volviéndose nuevamente hacia Alicia.
-No, me rindo- replicó Alicia-. ¿Cuál es la solución?
-No tengo la menor idea- dijo el Sombrerero.
-Ni yo- dijo la Liebre de Marzo.
Alicia suspiró, abatida:
-Creo que podrían hacer con el tiempo algo mejor que malgastarlo proponiendo adivinanzas sin solución.
-Si conocieras al Tiempo tan bien como yo- dijo el Sombrerero-, no hablarías de malgastarlo. El es de él.
-No sé qué quiere decir- dijo Alicia.
-¡Claro que lo sabes!- dijo el Sombrerero, sacudiendo desdeñosamente la cabeza-. ¡Me atrevería a decir que nunca en tu vida le hablaste a Tiempo!
-Tal vez no- replicó cautelosamente Alicia-. Pero sé que tengo que marcar el tiempo cuando estudio música.
-¡Ah! ¡Eso lo explica todo!- dijo el Sombrerero-. El Tiempo no soporta que lo marquen.
***
-¿Ya has resuelto el acertijo?- preguntó el Sombrerero, volviéndose nuevamente hacia Alicia.
-No, me rindo- replicó Alicia-. ¿Cuál es la solución?
-No tengo la menor idea- dijo el Sombrerero.
-Ni yo- dijo la Liebre de Marzo.
Alicia suspiró, abatida:
-Creo que podrían hacer con el tiempo algo mejor que malgastarlo proponiendo adivinanzas sin solución.
-Si conocieras al Tiempo tan bien como yo- dijo el Sombrerero-, no hablarías de malgastarlo. El es de él.
-No sé qué quiere decir- dijo Alicia.
-¡Claro que lo sabes!- dijo el Sombrerero, sacudiendo desdeñosamente la cabeza-. ¡Me atrevería a decir que nunca en tu vida le hablaste a Tiempo!
-Tal vez no- replicó cautelosamente Alicia-. Pero sé que tengo que marcar el tiempo cuando estudio música.
-¡Ah! ¡Eso lo explica todo!- dijo el Sombrerero-. El Tiempo no soporta que lo marquen.
***
LO QUE ESPERAMOS, oliverio girondo
TARDARÁ, tardará.
Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.
Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra de opresión,
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.
Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas -,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.
Y entonces…
¡Ah! Ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acercan un poco;
o mejor todavía,
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.
Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.
Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra de opresión,
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.
Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas -,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.
Y entonces…
¡Ah! Ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acercan un poco;
o mejor todavía,
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.
*
*
*
jueves 5 de noviembre de 2009
OTRA YO EN FACEBOOK
Gente
hay alguien que muy simpáticamente insiste en ser yo en facebook.
ya está agregando a mis amigos, a gente que no conozco, puso mi fecha de nacimiento, y ahora el mail de Alejandría.
ya lo hizo a principios de agosto y ahora de nuevo...
no sé quién es, poco me importa.
pero sepan que no soy yo.
miércoles 4 de noviembre de 2009
Quisiera pensar en algo sublime. En el nacimiento del Hombre, en los sacrificions de Oriente, en el asta de la bandera de Etiopía. Quisiera electrizar mis ojos y sacudirles su inercia doméstica. Quisera levantar mis piernas, manchar el cielorraso, arrodillarme junto a un sapo ahogado, clasificar los tonos de un pétalo, registrar los bolsillos del rey de Suecia, distinguir al tacto los cuatro reinos animal, vegetal, mineral y humano, revivir los éxtasis de Juana de Arco exhalando albores para destruir el fuego, recoger las mieses de una chacra irlandesa, pasear a hurtadillas por la nieve muda de Siberia, regatear bambú en un kiosko chino, sonreír al simio en la negrodorada noche de un ukelele sorbiendo un coco de la isla de Hawai, elevar los párpados, subir a lo más alto, agitar los brazos como campanillas estremecidas y gritar a Todo: ¡Soy universal!
*
A.P. junio de 1955
*
A.P. junio de 1955
sábado 31 de octubre de 2009
NEGRITA
Si mi padre hubiera muerto a tiempo, las cosas habrían sido muy distintas para mí.
Hace unas cuadras que manejo sin saber hacia dónde voy. Pensé en volver a mi casa pero antes necesito dar una vuelta. Tengo la certeza de que mi madre estará despierta todavía y no creo poder mirarla a la cara.
Una pareja viene caminando por la vereda. El hombre me mira, abraza a la chica y le dice algo al oído. Ella se ríe y lo empuja cómplice. Yo disminuyo la velocidad para que crucen la calle, y ya están pasando por delante del auto cuando tomo conciencia de que tengo el rifle en el asiento del acompañante. Lo paso hacia atrás y ellos ya están del otro lado de la vereda.
Es cosa de hombres, dijo mi padre cuando me lo regaló, yo no debía tener más de once años. Sentí confusión, tuve una mezcla de orgullo y de miedo al tratar de sostenerlo como él me decía. Mi padre me lo sacó de las manos y apuntó hacia mi madre. Recuerdo su cara, una cara que no llegaba a entender, y él que se reía. Cuando mi padre hacía ese tipo de bromas, yo tenía ganas de ir a abrazarla, de decirle que siempre la iba a proteger, que no tuviera miedo. Pero ahí estaba esa mano sosteniéndome del hombro, parecía adivinar lo que yo quería.
¿Peligroso?, repitió mi padre con ese tono que usaba para imitarla. Ponía la voz aguda y movía las manos, era gracioso pero a ella no le divertía.
Peligroso es que se pase todo el día con vos, mirando lo que hacés, eso es lo peligroso. No ves que es un hombrecito, dijo mi padre dándome unas palmadas. Yo odiaba eso, su mano debía ser más grande que la mitad de mi espalda y a cada golpe tenía que hacer fuerza con las piernas para no irme hacia adelante.
Recuerdo a mi madre meterse en la cocina y su cara de orgullo. La cocina era un refugio para ella, como para mí lo era estar a su lado. Mi padre nunca entraba a la cocina. Las veces que más se acercaba era cuando tenía hambre y abría la puerta de golpe y preguntaba cuánto falta para que esté la comida. Y yo veía a mi madre que se secaba las manos en el delantal si estaba lavando, y mientras revolvía la salsa, con un pie abría el último cajón y yo ya estaba ahí para sacar los individuales. Así era todas las veces, mi madre desplegaba sus mil brazos y yo tras ella.
Esta noche el timbre tuvo un sonido largo y monótono. Parecía que alguien lo había atrapado y ya no pensaba soltarlo. Esperaba a mí madre y por el portero reconocí su voz. Cómo le cuesta despegar el dedo del timbre, pensé.
La esperé mientras subía la escalera. Ella siempre se toma diez minutos para llegar, va mirando las plantas que ella misma me regaló para decorar el pasillo. Entreabrí la puerta del departamento y volví a sentarme al escritorio. Oí sus pasos y su respiración en los últimos escalones; dejé el diario sobre la mesa y giré la silla. No pude evitar pensar que se agitaba demasiado para la edad que tenía. Mi madre todavía es una mujer joven.
Cuando la vi me levanté con esa torpeza que provoca la ira. Tendría que haberme dado cuenta por cómo me habló por teléfono, por su insistencia en que estaba todo bien. Me acerqué y le pasé un brazo por los hombros. Ella apoyó su cabeza en mi pecho. Me di cuenta de que en estos últimos años mi madre se está volviendo cada vez más pequeña o, tal vez, yo estoy creciendo en forma desproporcionada aunque ya haya pasado la adolescencia, cosa que no creo.
Le pregunté qué fue lo que había pasado, ya sabía la respuesta pero también sabía que ella necesitaba decirme algo. Cualquier cosa, una excusa, culpas, errores. Nada que lo justificara, pero ella igual necesitaba defenderlo como si él no pudiera hacerlo sólo. Qué extraño, eso es lo que le decía mi padre sobre mí. Dejalo, no ves que es un hombre y tiene que saber protegerse solo. Pero yo no sabía. En esos momentos en que mi padre se paraba frente a mí y me enseñaba a “defenderme”, yo no podía hacerlo. Mi padre insistía en que un hombre es aquel que no duda en agarrarse a trompadas si lo ofenden y que, además, sabe cómo darlas. Mi padre insistía también en ser él el que me enseñara. Ahora esos momentos me resultan increíbles, no recuerdo que me dolieran los golpes pero sí el llanto de mi madre en la cocina. Era como si ella misma me pedía que me defendiese y yo que no podía.
Acompañé a mi madre hasta la cama, ella se sentó. Temblaba y yo doblé la frazada para taparle las piernas. No temblaba de frío y yo lo sabía, pero son esas cosas que uno hace instintivamente para no quedarse sin hacer nada, para que parezca que uno hace algo. Ella me lo agradeció y yo me sentí todavía más inútil.
Después de eso mi madre se quedó en silencio. Y en silencio yo le limpié la frente. Tenía las manos juntas y agarraba la manta con fuerza. Ella se dejaba curar como un chico al que le limpian el raspón de las rodillas después que se cayó de la bicicleta. Pero mi madre ya había aprendido a andar, y por eso creo que yo la curé con paciencia, pero también con odio. La odiaba por permitirlo, por soportar callada. Me invadía la impotencia. Tantas veces le había propuesto hacer la denuncia, ayudarla a superar eso que yo creía que era miedo. Ahora sé, que esa no era la solución que ella esperaba.
¿Cómo llegué a esto?, dijo después de un rato. La vi cerrar los ojos. No respondí. No era la primera vez que mi madre venía a mi casa de este modo, y yo sentí de repente que sin decirlo me pedía que hiciera algo: que esta vez sea yo el que la defienda.
Y en aquel momento sentí que podía hacerlo. Que por primera vez era capaz de enfrentarlo. Sentía que toda la furia de estos años me estaban dando fuerza. El ojo hinchado de mi madre y el raspón en la frente, me hacían creer en algo en lo que varias veces había pensado pero nunca me había sentido capaz.
Esta noche iba a matar a mi padre. Iría a su casa y lo mataría como él cree que es un hombre. Lo mataría con el mismo rifle con el que él había jugado a matar a mi madre. Pero ahora, yo iba a demostrarle que ya no podía jugar más, que había entendido mal las reglas.
Dejé a mi madre recostada y salí. Antes de irme pude ver en su cara algo de alivio. Creí que por primera vez, ella también me estaba viendo como un hombre. Desenvolví el paño y saqué el 22. Con pasos largos caminé hasta el auto. Me sentía fuerte aunque liviano, nunca pensé que me iba a sentir así en ese momento. Era como si por fin, me estuviera sacando lo que se dice un peso de encima.
Manejé imaginándome como sería. Mi padre lloraría pidiéndome que no lo hiciera. Se arrepentiría de todo lo que le había hecho a mi madre. Sentado en su sillón me pediría perdón a mí y a ella. Lo vería llorar y le mostraría su cara en el espejo, y él tendría que llamarse a sí mismo maricón. En realidad, supe que no iba a ser tan espectacular, pero la sola idea de imaginarlo con miedo me fascinaba.
Llegué a la casa de mis padres en unos pocos minutos, cuando reaccioné ya estaba frente a su puerta. Volví a pensar que era mi padre y tuve miedo de no haber entendido bien lo que ella quería. La verdad, no sé si fue eso de lo que tuve miedo. ¿Qué pasaba si el arma no se disparaba o si mi padre no estaba? ¿Y si erraba? Creo que tuve miedo de no poder hacerlo, si nunca pude defender a nadie ni siquiera a mí mismo, quién me garantizaba que ahora sí pudiera. Aunque dudé, lo que sentía era intolerable.
Busqué la llave en el bolsillo y abrí la puerta. La voz de mi padre me golpeó desde el escritorio. El modo que usó para llamar a mi madre, el tono ambiguo, mezcla de arrepentido y seductor, me llenó de asco. Cómo podía hablarle así después de lo que le había hecho, cómo podía poner ese tono y animarse a llamarla negrita.
Yo no respondí. No pude responder. Por un momento me imaginé la cara de indignación de mi madre, con los cachetes rojos y los labios apretados, pero enseguida esa cara se volvió otra y me paralicé. De repente entendí lo que nunca quise entender. Sin darme cuenta había querido meterme en un juego al que nadie me había invitado.
No terminé de entrar. Me quedé en la puerta sintiendo cómo la furia se volvía impotencia, cómo el odio se generalizaba hacia mi madre y mis piernas ya no tenían fuerza.
En el mismo momento en que oí la voz de mi padre llamando por segunda vez a mi madre, cerré la puerta y salí. Sentía que en esa casa ya no me quedaba nada más por escuchar. Al llegar al auto me imaginé qué pasaría si mi madre llegara otra vez con la cara hinchada a mi casa y no pude menos que sonreír.
jueves 29 de octubre de 2009
lo que facebook nos da
sebakis (piensa) han repremido al pueblo hondureño hoy x la mañana. Hay muchos heridos de gravedad entre ellos, ancianos, periodistas. niños. artistas...
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miércoles 28 de octubre de 2009
¿cuántos ciclos literarios hay en buenos aires?
si te querés sumar: bienvenido
si te querés bajar: también...
...
5. Naranjas Azules
6. Ah Um dijo un sapito
7. Mezcladitos
8. Ciclo de Ciclos- Mu
9. Comedor de Poetas
10. Varieté Pipí Cucú
11. Tito y su Ciclomotor
12. Diego Arbit
13. Humbert Humber
...
ya está confirmada la fecha de la edición 2009
17 de diciembre
en el CC ZAS
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sábado 24 de octubre de 2009
MITOLOGÍAS DE INVIERNO- Pierre Michon
Al alba las tres corren hacia el río. Descienden el talud, arrojan sus prendas sobre la hierba. Los pequeños pies prueban el agua, y sobre los pequeños pies las carnes lechosas, herrumbrosas, cien veces desnudas, las carnes de Irlanda y del paganismo. Brigid por primera vez ve que aquella carne es excesiva como un rey que sueña. Ella ríe más fuerte que sus hermanas. Las tres gritan cuando el frío les muerde el vientre, chapotean el agua con sus manos, los pájaron se espantan, todo ese alboroto gana el camino en pendiente.jueves 22 de octubre de 2009
TENGO MIEDO, Neruda
Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.
Tengo miedo -Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)
Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
¡No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!
Se muere el universo de una calma agonía
sin la fiesta del Sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la Tierra es una fruta negra que el cielo muerde.
Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.
Tengo miedo -Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)
Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
¡No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!
Se muere el universo de una calma agonía
sin la fiesta del Sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la Tierra es una fruta negra que el cielo muerde.
Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.
sábado 17 de octubre de 2009
domingo 25

Los invitamos a la presentación de Poesía Manuscrita vol. 2!Domingo 25 de Octubre, 19hs
Participan del segundo volumen (Septiembre, 2009)
Ana Verónica Suárez
Ana Verónica Suárez
Andi Nachón
Belén Iannuzzi
Celeste Diéguez
Clara Anich
Clara Muschietti
Débora Gamerro
Fernanda Nicolini
Gabriela Béjerman
Jorgelina Arena
Laura Arnés
Liliana Ponce
Marta Miranda
Mercedes Halfon
Natalia Fortuny
Noelia Vera
Paula Peyseré
Rosa Lesca
Poesía Manuscrita es un proyecto independiente de antologías artesanales de poesía argentina contemporanea, en formato libro-objeto, a cargo de Germán Weissi y Laura Mazzini.
Los esperamos!
www.poesiamanuscrita.com.ar
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Presentaciones
viernes 16 de octubre de 2009
jueves 15 de octubre de 2009
jueves 8 de octubre de 2009
sábado 3 de octubre de 2009
jueves 1 de octubre de 2009
ELLAS
viernes 25 de septiembre de 2009
martes 22 de septiembre de 2009
MERCI
Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Rayuela, Cap. 7
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Rayuela, Cap. 7
lunes 21 de septiembre de 2009
Queríamos ser
freaks de algún circo
padres
de un elefante
yo no quería
a tu perra sarnosa
me aburrían tus ojos nobles
de principito
Hoy alguien más
elige las verduras
y cocina con vos
juega, acaricia a la perra
y duerme en tu cama
Yo le extirparía
a esa perra
tu corazón enfermo
lleno de cosas mías
para diseminarlas
estrellarlas contra el cielo
como un perfumero-bomba
Germán Weissi
de Cosas que planeamos juntos
freaks de algún circo
padres
de un elefante
yo no quería
a tu perra sarnosa
me aburrían tus ojos nobles
de principito
Hoy alguien más
elige las verduras
y cocina con vos
juega, acaricia a la perra
y duerme en tu cama
Yo le extirparía
a esa perra
tu corazón enfermo
lleno de cosas mías
para diseminarlas
estrellarlas contra el cielo
como un perfumero-bomba
Germán Weissi
de Cosas que planeamos juntos
sábado 19 de septiembre de 2009
martes 15 de septiembre de 2009
SUSANA THÉNON
SER
Morder tu significado
en esta escala de magnitudes
inalterables.
Ser, al extremo
de tu meridiano,
un punto,
un breve signno
peregrino por tus aledaños.
Desvanecer tu límite,
ahondar en tu sonora latitud,
reconocer uno por uno tus puertos
y nombrarlos pos sus nombres.
*
NO
Me niego a ser poseíada
por palabras, por jaulas,
por geometrías abyectas.
Me niego a ser
encasillada,
rota,
absorbida.
Sólo yo sé cómo destruirme,
cómo golpear mi cabeza
contra la cabeza del cielo,
cómo cortar mis manos y sentirlas de noche
creciéndome hacia adentro.
Me niego a recibir esta muerte,
este dolor,
estos planes tramados, inconmovibles.
Sólo yo conozco el dolor
que lleva mi nombre
y sólo yo conozco la casa de mi muerte.
Morder tu significado
en esta escala de magnitudes
inalterables.
Ser, al extremo
de tu meridiano,
un punto,
un breve signno
peregrino por tus aledaños.
Desvanecer tu límite,
ahondar en tu sonora latitud,
reconocer uno por uno tus puertos
y nombrarlos pos sus nombres.
*
NO
Me niego a ser poseíada
por palabras, por jaulas,
por geometrías abyectas.
Me niego a ser
encasillada,
rota,
absorbida.
Sólo yo sé cómo destruirme,
cómo golpear mi cabeza
contra la cabeza del cielo,
cómo cortar mis manos y sentirlas de noche
creciéndome hacia adentro.
Me niego a recibir esta muerte,
este dolor,
estos planes tramados, inconmovibles.
Sólo yo conozco el dolor
que lleva mi nombre
y sólo yo conozco la casa de mi muerte.
domingo 13 de septiembre de 2009
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